viernes, febrero 28, 2014

Vistazo Crítico Transversal 30: Miguel Sopó por Christian Padilla.


Miguel Sopó (Zipaquirá 1918 – Bogotá 2014)
Por Christian Padilla

 El maestro Miguel Sopó falleció el 24 de febrero a sus 95 años de edad. El último artista sobreviviente a esa generación de artistas que Marta Traba trabó. Su presencia en las instituciones culturales es mínima para un artista que ganó primer premio en Salón Nacional, invitado a la Bienal de Venecia y premio Guggenheim, muestra que el trabismo caprichosamente persistió y que después de Traba sus seguidoras lo convirtieron en trabestismo, o sea, una cosa que no era ni lo que ella decía ni lo contrario. Los museos siguen en deuda con toda una generación de artistas que evidentemente subestima. En vida, Sopó lo sabía y lo discutimos “largo y tendido”, como él decía.

Entre 2007 y 2011 frecuenté al maestro Miguel Sopó para una serie de investigaciones que tomarían la forma de un capítulo en el libro “La llamada de la tierra: el nacionalismo en la escultura colombiana” y el documental dirigido por Mario Opazo “Miguel Sopó: el hombre americano es de América”.  Durante estas visitas en la casa del escultor, nos atendió a sus 90 años para contarnos sus memorias de una manera muy lucida, con nombres, detalles y fechas específicas. Sin duda, fue el mismo oficio de la talla el que permitió una longevidad saludable como la del artista, siempre firme como un roble.

Con Opazo lo llevamos a las profundidades de la Catedral de Sal de Zipaquirá para que nos rememorara sus pasos y los pormenores de la creación. Obstinado y orgulloso, no nos confesó que casi le da un patatús sino hasta cuando salimos del interior de las minas. Ese mismo tono obstinado y orgulloso es el que se evidencia en el texto que presentó a continuación, un texto inédito y aparentemente inacabado que recibí de su confianza para que lo revisara y corrigiera. Se trata de un documento impreso de 5 páginas que Sopó debió dictarle a algún asistente entre esos mismos años. Es decir las memorias de un hombre de 90 años.  Al tratarse de un dictado, el documento tenía numerosas redundacias y errores de redacción que el maestro confiaba en que yo pudiera solventar. Sin embargo, perdimos contacto y el documento quedó perdido en un libro hasta ayer cuando recibí la noticia de su muerte por parte de su hija Carolina Sopó, quien ha recopilado el trabajo de su padre en la página http://www.esculturas-miguelsopoduque.com/.

El documento aparecía con el título “Esculturas talladas en piedra”, y aunque se ve que es su especial interés señalar la particularidad de su técnica con respecto a los escultores contemporáneos suyos, también habla de la pintura y de su vida. Por eso prefiero simplemente presentarlo hoy como Sopó visto por Sopó.
Christian Padilla


Sopó visto por Sopó

Talla directa es el proceso que utilizó Miguel Ángel en su famoso David de cinco metros de altura que hoy decora la Galería de la Academia en Florencia. Este sistema consiste esencialmente en que el escultor coge el cincel y la maceta, y habiendo previamente concebido en su mente la figura que el bloque de mármol contiene, y sin otros instrumentos como pantógrafos u obreros auxiliares, crea una escultura que siempre está dentro de la piedra. Este proceso de la talla directa tiene sus compromisos técnicos pues al final de su realización no le debe faltar un centímetro o sobrar algo del bloque total. En otras palabras, el escultor de la talla directa sobre el bloque de mármol o piedra conoce a profundidad los detalles de su oficio.


 

Este duro y abnegado sistema de trabajo ha sido abandonado en su totalidad en los últimos cien años en cualquier parte del mundo. Hoy el escultor realiza un boceto de veinte centímetros, lo entrega a los obreros que multiplican por diez sus dimensiones, luego lo tallan o lo funden sin ninguna intervención del escultor que creó el original. El escultor Miguel Sopó, con un poco de locura y otro de cariño a su oficio y al material dado, ha resuelto tallar en forma directa un número considerable de esculturas, por ejemplo “La maternidad” que hoy se encuentra en el Museo Nacional, de un tamaño bastante mayor que el natural[1]. En el Hospital de la Hortúa se encuentra una estatua tallada en forma directa sobre un bloque de mármol de Colombia, de mayor dureza que el de Carrara. Esta figura –que de pararse tendría tres metros y medio de alta- fue una obra realizada con paciencia y tenacidad durante un año. Aquí no se vieron pantógrafos ni obreros auxiliares que disminuyeran la fatiga.

Hablemos de otro tipo de escultura que está en la glorieta norte de Tunja como “Monumento a la raza aborigen”. Allí hay una composición formada por dos figuras; un hombre y una mujer de cinco metros de altura, cuya realización se llevó a cabo en el lugar donde están hoy las estatuas. La obra fue realizada talla en forma directa de la piedra, o sea que el escultor valiéndose de un cincel y una maceta, quitó un poquito del sobrante de esos enormes bloques de piedra.

En la Catedral de Sal de Zipaquirá hay varias obras talladas en piedra con el mismo sistema. Es el caso de la escultura de aproximadamente seis toneladas de peso y dos metros de altura. El proceso de esta obra se realizó en un noventa por ciento en la cantera donde estaba el bloque original. En la misma catedral hay un relieve en piedra que representa a los obreros tallando el cerro o modelando la obra escultórica más grande de la humanidad. Esa obra tiene en mi concepto la originalidad, o sea, que no es copia ni tiene semejanza con ninguna otra obra creada con anterioridad en ningún lugar del mundo.

A la entrada del parque de salinas de la Catedral de Sal hay un relieve tallado en piedra, de un tamaño de diez centímetros por dos metros y veinte centímetros de altura, decorando el arco de ingreso. Esta obra fue la primera escultura tallada en forma directa y sin guía de moldes, sin maquinaria u obreros. Se realizó en homenaje a los mineros primitivos que elaboraron la mina de Zipaquirá a tajo abierto, es decir que encontraron la sal sobre las rocas de piedra del macizo que hoy es la base de la antigua y nueva Catedral de Sal.


En Italia tallé en mármol de Carrara varias esculturas que iban con destino a una importante galería de Roma, pero que las circunstancias llevaron a representar a Colombia en la Internacional de Venecia en 1957. Todos los escultores hemos luchado por exhibir una escultura en la Bienal de Venecia, y allí fueron exhibidas en dos grandes salones dedicados a Colombia las obras que fueron talladas en mi estudio.

En el curso de los años he tallado otras esculturas, especialmente en Estados Unidos donde gané el primer premio de escultura del Museo de Detroit, participando con los escultores de Michigan. También gané el primer premio el en el 12° Salón Nacional de Cerámica y Escultura de los Estados Unidos con la obra “El viento”[2]. Además gané el premio internacional de la Guggenheim Foundation en competencia con los escultores, pintores e intelectuales de América Latina[3]. Aprovechando este premio, entre otras creaciones, realicé en talla directa en madera una escultura que representa a un minero primitivo, un indio. La característica que tiene la figura en general es de vigor, de poder, de fuerza. Sus brazos son símbolo de fortaleza, no de gordura. Con esta escultura aspiraba a presentar en Colombia una nueva forma que rompiera la tradición rutinaria española de la cruda copia al natural o el muralismo traído de México por los grandes pintores colombianos, pero infortunadamente esta obra quedó bajo la custodia del Museo Nacional durante los años que duré en Europa. Allí fue exhibida libremente y aprovechando el concepto vigoroso, original para la escultura nueva en Colombia fue retomado por el pintor Fernando Botero que en ese entonces estaba haciendo sus primeros pinos. No quiero decir que Botero haya copiado la escultura, pero aprovechó la composición revolucionaria presentada aquí para lanzar las famosas gordas.

Tengo un gran respeto y reconocimiento por los profesores que en la Escuela de Bellas Artes se esforzaron al máximo por darnos algunas bases, pero citemos este caso: “La angustia”, obra tallada en piedra caliza que se encuentra en el Museo Nacional representando a mi gran amigo y profesor, José Domingo Rodríguez, fue modelada en arcilla, pasada a yeso y finalmente pasada a la piedra por un hábil tallador. No conozco de mi profesor ninguna obra tallada en forma directa por él, solamente unas pequeñas piezas en madera. De Carlos Reyes Gutiérrez, que figuraba como un profesor muy valioso llegado de Italia con una gran sapiencia, no oí una palabra que se refiriera al quehacer o cómo hacer en mi obra. Tampoco conocí en el ambiente colombiano una obra de gran valía hecha por él. En otras palabras, quiero explicar que con todo el respeto que merecen los escultores de Colombia, ninguno que yo sepa y conozca ha tenido el coraje de realizar esculturas en la forma en la que yo las he realizado; esto en Colombia, pero me atrevo a decir casi con seguridad, y con un poquito de pedantería que no encuentro escultor en competencia en los últimos 50 años ni en América ni en Europa por una simple razón: porque se cambiaron los sistemas de trabajo y los escultores han tomado el camino fácil de la realización.
En el campo de la pintura debo decir que soy absolutamente autodidacta. Hago dibujo con el propósito de hacer escultura y en muchas ocasiones le adiciono color sin que tenga la vanidad de decir que soy pintor. Realicé un mural de dos metros por cuatro que está en la alcaldía de Zipaquirá y que es homenaje a los mineros que tallaron la Catedral de Sal. Con todos los elogios que ha recibido esta obra, no considero que sea una obra maestra del mural. Sin embargo, la realicé recién llegue con el conocimiento de  la pintura mural hecha en Italia, en la iglesia de Francisco de Asís, con colores minerales y arena, a la manera de los antiguos albañiles que pintaban sus casas con estas técnicas que recogieron Giotto y Cimabue.

Llegué a Colombia con la ilusión de hacer algo en la pintura mural después de ver la obra de Giotto. El gran entusiasmo me hizo dictarles unas charlas a mis amigos en Zipaquirá y en conjunto resolvimos que haríamos unos murales enormes para decorar el gran jardín de las salinas. Hice dibujos, acuarelas, proyectos a escala y lo presente a los dirigentes que tenían que ver con el desarrollo y trabajos de la sal que entonces estaba a cargo del IFI[4]. Allí exhibí los proyectos y dicté una charla a los directivos de esta entidad y todos estuvieron de acuerdo en que se realizara la totalidad de estos murales. Infortunadamente, la ambiciosa tarea de decorar las salinas con quince grandes obras murales no se realizó. Recogí esos dibujos y con ellos decoré un libro que se titula “Historia de la sal de Zipaquirá”.
Otra parte de mi obra podría llamarse “Los Cristos de Miguel Sopó”. Hay uno en bronce de cuatro metros de alto que decora el ámbito de la capilla de la Ciudad Universitaria. Esa figura ha sido profusamente elogiada, por su vigorosa anatomía. Otro Cristo monumental está en el mural de la fachada de la misma capilla, que si se pusiera de pie mediría siete metros. También el Cristo de la Iglesia del Pilar en cerámica, de tamaño mayor del natural. En la Catedral de Sal de Zipaquirá, el descendimiento de la cruz tallado en un bloque de piedra de seis toneladas de peso, con tres figuras de dos metros con veinte centímetros de alto. Otro Cristo está en la Catedral de Zipaquirá, en el centro de la ciudad; una escultura de cuatro metros fundida en bronce que representa la figura de Jesús en un simplísima expresión de ascensión. El Cristo de la ciudad de Cúcuta representa la figura de Jesús en su momento glorioso de la resurrección. En mi estudio se encuentra el original de una figura de Cristo que decora una iglesia en Ohio, Estados Unidos.
En términos generales quiero decir que todo cuanto he hecho lo he hecho con gran afecto y con algo que creo fue el don que la naturaleza me dio: que nací escultor.

Miguel Sopó



[1] Primer Premio de Escultura en el V Salón Nacional de Artistas Colombianos, 1944.
[2] Syracuse, 1948. XII Salón Nacional de Escultores Ceramistas.
[3] Premio de la John Simon Guggenheim Foundation, 1948.
[4] Instituto del Fomento Industrial

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