sábado, agosto 01, 2009

Vistazo Crítico 71: Mario Opazo


CON LA VENDA EN LOS OJOS. Vistazo Crítico a la obra de Mario Opazo.

“…sino que sabe Dios que el día que comáis de él, serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal (…)Entonces fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron que estaban desnudos;”

Génesis. 3, 1-24.

La obra del artista Mario Opazo “Expulsión del Paraíso” nominada al V Premio Luis Caballero es a mi parecer una de las más contundentes hasta ahora de las presentadas a este premio. El tema de esta obra ha sido tratado ampliamente a lo largo de la historia por varios artistas como Fra Angelico, Masaccio, Miguel Ángel, Chagall entre otros, quienes han logrado representar la historia del Génesis narrada en la Biblia, donde se cuenta cómo Adán y Eva, la pareja primigenia, son expulsados del Paraíso; ellos vivían en armonía con los demás seres de la naturaleza, tras haber sido tentados por la Sierpe quien les incitó a comer del árbol prohibido de la Sabiduría. Desde ese entonces, la pareja se vio condenada al destierro, a la errancia, al trabajo y a poblar la tierra y así evitar que ellos comieran del árbol de la Vida eterna. En el caso de Mario Opazo y su obra absolutamente performática, podemos ver un claro referente a esa historia del arte, pero no de una manera apropiacionista, sino más bien de una manera reflexiva, problematizando la relación existente entre historia (individual y colectiva) con nuestra actualidad, con el presente. Echemos pues, un Vistazo Crítico a su obra-instalación compuesta por varios fragmentos.

Para poder entrar a la instalación debemos agacharnos como si lo hiciéramos en una tienda o casa de los pueblos nómadas. Ese acto de inclinarse que nosotros espectadores asumimos – y que además lo repetimos varias veces durante el recorrido de la exposición-, es bastante significativo pues no solamente nos remite a la idea de cercanía con el suelo, sino que también nos hace pensar en esa actitud simbólica de diálogo directo con la tierra como sucede en los pueblos nómadas. A propósito de ese ingreso a una penumbra forzada donde el artista ha dispuesto su instalación, Jorge Peñuela en su texto crítico titulado “Mario Opazo: Los expulsados del reino de la imaginación” dice lo siguiente:

Redujo considerablemente esta entrada para forzar en el visitante de su emplazamiento un movimiento que lo condiciona a asumir una actitud de no indiferencia, a inclinarse, a escuchar, a reducir el ego de la mirada vacía del transeúnte contemporáneo. La entrada es propicia para el ingreso de niños y niñas, comenta el artista, tal vez queriendo significar que debemos desprendernos con generosidad del rencor que gobierna a la mayoría de los adultos, quizá a nuestro pesar.[i]

Al entrar por ese pequeño umbral, nos encontramos con una imagen (proyección vídeo) de un personaje (el propio artista) inmerso en la inmensidad el desierto. El personaje con la ayuda de un megáfono pronuncia la siguiente frase: “Cuando era niño mi madre me envolvía en la bandera de Chile para protegerme de los golpes de la dictadura”. Al finalizar esa frase, se escucha en toda la sala el fuerte sonido de una campana. El personaje se cubre con la bandera de Chile. En esa misma imagen vídeo, vemos al personaje sentado en la tierra frente a otro personaje en similar postura que le venda la cabeza con un turbante. Esta imagen – y esto es una característica de la obra de Opazo-, se proyecta sobre un objeto sobre una cosa: en este caso sobre la base de un mástil que sostiene varias banderas entre las que reconocemos la de Francia, España, Argelia y Chile. Estas generan una especie de cascada donde se mesclan promiscuamente y caen al piso. Ninguna de ellas hondea.

Uno de los fragmentos que más llama nuestra atención, es aquél donde vemos una máquina que proyecta una imagen en un platón metálico lleno de agua hasta el tope. En el fondo del platón reposa un pañuelo blanco, como aquél que se hondean aquellos que se han rendido para pedir un alto al fuego. La proyección vídeo es tomada de una imagen mediática que dio la vuelta al mundo: un hombre (palestino) que ha sido tocado por proyectiles del ejército israelí, está herido y tendido en el piso. Una máquina se aproxima a él lentamente no para auxiliarle ni darle la mano, sino para inspeccionarlo y verificar si este individuo no es un kamikaze que está forrado de explosivos. El artista logra relacionar magistralmente esta imagen con aquella realizada por Miguel Ángel en la Capilla Sixtina que representa la creación del hombre: un pequeño monitor reproduce el toque divino de que da vida al Adán mientras un tocadiscos de los años ochenta, reproduce la ópera Aída de Giuseppe Verdi compuesta por encargo para la inauguración del Canal del Suez en 1871. Este referente musical hace visible un fragmento de la historia y un territorio que ha sido víctima de los conflictos colonialistas europeos (Francia e Inglaterra principalmente) y Estados Unidos durante la segunda mitad del el siglo XX. La ópera narra el amor imposible entre una princesa esclava etíope (Aída), y un comandante militar de las tropas invasoras egipcias (Radamés) y muestra de una u otra manera la tragedia de los desterrados. La máquina que sostiene el vídeo-proyector, está apuntalada por un saco de arena donde vemos escrita en caracteres rojos la palabra “NAUFRAGIO”. Deus est machina, o el carácter maquinal del creador, se materializa en esta obra: un creador que castiga y destierra, el toque divino de la pintura de Miguel Ángel, contrasta con el toque maquinal de ese nuevo dios destructor y guerrero, mientras la melodía de una ópera realizada en plena decadencia del imperio francés, nos evoca un presente matizado por la impotencia de aquél que yace en suelo tocado por la intolerancia de aquellos que erigen fronteras infranqueables.

Luego asistimos a un evento luminoso que intenta romper la penumbra: una lámpara que cuelga del techo ha descendido hasta casi tocar el suelo. Lo único que le impide tocar el suelo es un recipiente de los pueblos nómadas, que está apuntalado sobre dos libros. El primero está cerrado y soporta al segundo que está abierto; en éste último se puede leer algunas cosas sobre la “Arqueología de las Bellas Artes. Este fragmento es algo más hermético a la comprensión; sin embargo podemos entender que se trata de cuestionamiento al conocimiento que se tiene de algo o de alguien. La luz de la lámpara como sinónimo del conocimiento de la civilización así como los libros está en este caso mediatizados por ese objeto de un pueblo nómade.

Seguimos nuestro recorrido y llegamos a una imagen donde vemos a un personaje que vestido de negro intenta subir infructuosamente una colina de tierra. La imagen vídeo (registro de una acción, como la mayoría de imágenes del artista), se proyecta no sobre la pared, ni en una pantalla sino en una pequeña colina de arena en cuya cima hondea una bandera blanca impulsada por un ventilador. Mediante este artificio muy sencillo, la obra adquiere un marcado realismo. Este fragmento de obra que constituye la instalación, es sin duda un claro referente al empecinamiento del ser humano por alcanzar la paz. La lectura es clara y simple, la paz es inaprehensible pese a los esfuerzos que realiza el ser humano para alcanzarla.

Luego nos encontramos con un barco velero pequeño en madera que reposa sobre el piso que parece navegar hacia un destino incierto en un mar agitado sin horizontes. La proyección que recae una vez más sobre el objeto real, logra generar una imagen que funde objeto e imagen creando una sola donde vemos el barco a la deriva. Esta noción del viaje es fundamental para Mario Opazo quien desde muy niño se ve confrontado al viaje forzado, tras dejar su país natal durante la dictadura de Pinochet y quien de una u otra manera ha sabido potencializar esta condición para el desarrollo de su obra. El primer fragmento que describimos, por ejemplo, se realiza en un no-lugar, un campamento de refugiados Saharauis situado en el suroccidente de Argelia, donde los expulsados del paraíso intentan sobrevivir. Opazo hace del viaje un elemento constitutivo de su obra en este sentido el artista despliega lo que yo he llamado “una estética del nomadismo”[ii]. Al respecto Christian Padilla dice:

Para alguien que considera el territorio itinerante como su hogar, ser colombiano o chileno ni le suma ni le resta. Uno de sus últimos proyectos lo llevó al Sahara, a realizar un documental sobre el RASD (República Árabe Saharaui Democrática), una patria sin territorio, enfrentada al a incertidumbre de anhelar el dominio y a la necesidad de pertenecer. De los representantes de esta nación sin tierra, Opazo, recibió una nacionalidad honorífica que posiblemente lo identifique de forma más cercana con esas preocupaciones que ha decidido señalar en sus trabajos.[iii]

En efecto se trata de un territorio donde las fronteras tienden a desaparecer. El territorio de los sin tierra será sin lugar a dudas un territorio mucho más amplio, donde la utopía o el no-lugar deviene un horizonte posible. Para terminar la experiencia estética miramos detrás de la pared y vemos el final que se conecta con el principio: el propio artista está presente, completamente vestido de negro, sentado en frente del muro y con los ojos vendados con un trapo blanco. Su mano derecha hace sonar la campana luego de enunciarse la frase “Cuando era niño mi madre me envolvía en la bandera de Chile para protegerme de los golpes de la dictadura”. En este mismo instante el pasado es evocado desde un aquí y un ahora, desde un presente total, donde el artista no ve nada, pues para poder permanecer en el Paraíso no hay que ver nada, hay que tener una venda en los ojos. Pero ese enceguecimiento es revocado por el sonar de la campana. El artista durante poco más de un mes permaneció allí todos los días. Es por eso que al iniciar este texto, yo afirmaba que su obra es verdaderamente performática pues el cuerpo está no solamente evocado sino también presente. “Expulsión del Paraíso” señala –en las palabras del propio artista-, “un cuerpo expulsado que se resiste al límite”. Esta exposición está abierta hasta hoy en el Planetario Distrital, galeria SantaFe, no se la pierda.

Ricardo Arcos-Palma, Bogotá 1 de agosto, 2009.


[i] Peñuela, Jorge. Mario Opazo : los expulsados del reino de la imaginación. Esfera Pública. www.esferapublica.org

[ii] Arcos-Palma, Ricardo. Vers une esthétique du nomadisme. Tesis de maestría en filosofía del arte, Universidad de la Sorbona. 1998.

[iii] Padilla, Christian. Fragmentos de Mario Opazo, equipaje ligero. Citado en el catalogo de la exposición.

1 comentario:

Fico dijo...

Para Mario Opazo:
Apreciado Mario,
cómo estás? acabo de conocer que hiciste un trabajo en el Sáhara Occidental. Yo llevo dos años involucrado en proyectos artísiticos y de Derechos Humanos en tierras saharauis y me gustaría mucho conocer tu proyecto. Quizás te apetezca compartir experiencias. Mi correo es ficoman@gmail.com
Un fuerte abrazo desde Sevilla compañero
Federico Guzmán

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