viernes, mayo 08, 2009

Vistazo Crítico 67: A punta de Sangre de Erika Diettes.



A PUNTA DE SANGRE, Vistazo Crítico a la obra reciente de Erika Diettes.

Como ya lo había anunciado en otro vistazo crítico, publicado en la revista chilena Escáner Cultural, la obra de Erika Diettes, esencialmente fotográfica es una revelación ineluctable, de nuestra realidad nacional. Revelación en el sentido estricto de la palabra: como manifestación luminosa de un secreto que permanecía oculto. Esta revelación que por otra parte, está íntimamente ligada al procedimiento fotográfico, incursiona en nuestra cotidianidad para comenzar a dialogar con el exceso de información visual que nos asedia a través de los medios de comunicación impidiéndonos así, comprender qué es lo que realmente sucede. En una charla qué dicté sobre su obra en el seminario Documento y Fotografía, luego de una pregunta de parte del público, surgió la siguiente reflexión: hay que volver a tener fe y creer en las imágenes. Pero no en cualquier tipo de imágenes sino en aquellas realizadas por los artistas como Erika Diettes. Esta fe en las imágenes, no enceguecida por supuesto, aseguraría poder asir la realidad de otra manera, para poder comprenderla, y por qué no decirlo, transformarla, así esto parezca utópico.

A punta de sangre es el título de la obra con la que Diettes participa en Fotográfica Bogotá 2009. Esta obra enmarcada en el corazón de la Plaza de Bolívar, cerca a la escultura del Libertador, entre el Palacio de Gobierno y el Palacio de Justicia, entre la Catedral y la Alcaldía Mayo de Bogotá, interroga de frente nuestra sociedad. Esta obra está compuesta por tres fotografías de gran formato, enmarcadas cada una ellas en aluminio y protegidas por un cristal. La primera imagen que podemos ver es parte del rostro de una mujer que emerge de un negro profundo como si se tratase de una pintura del tenebrismo español. El rostro de la señora, de unos cuarenta años de edad, aunque las marcas del sufrimiento le hacen ver más vieja, lo vemos parcialmente en un primer plano: su ojo izquierdo, su boca, cerrada, sus cabellos largos y negros acentúan una mirada de resignación. En ese rostro (de una madre que aún sigue quizá esperando el regreso de su hijo desaparecido), podemos ver como el rostro de todo un país inmerso en una violencia política que no da tregua, donde todos en realidad somos víctimas.



A la extrema derecha del tríptico podemos ver el rostro –porque los animales tienen rostro- de un buitre, el famoso chulo que se ha convertido según pudo verificarlo la propia artista en el oriente antioqueño, en un perfecto aliado frente a la imposibilidad de encontrar los cuerpos de las víctimas. De su pico, cuelga una gota de sangre. El chulo ha sido desde tiempos inmemorables, “ave de mal agüero” pese a las bondades de limpieza que desempeña. Su imagen en el imaginario colectivo, ha estado siempre vinculada a la muerte. Algo que la artista recuerda bastante impresionada, es cuando por primera vez atravesaba la calle principal de Granada en el oriente antioqueño, fuente de esta obra, y mirando al cielo veía en los tejados, en los cables de la luz una cantidad impresionante de estas aves negras, “como si- dice la artista-, cada habitante del pueblo tuviera su propio chulo”, una especie de ángel guardián negro. “A punta de sangre es un trabajo que nos hace reflexionar en esa imagen representada en el anacrónico escudo nacional –dice Christian Padilla en el texto de presentación de esta obra-, donde ningún otra ave sino el chulo merece el privilegio de posarse, dominando la tierra de la fertilidad, de la riqueza y de un canal ya perdido. Un ave que ha recibido el desafortunado destino de ser portador de obituarios y la personificación de la muerte en un territorio donde el crimen es noticia cotidiana”. En efecto esta imagen del chulo se convierte en un testigo mudo de un crimen que ha sido ahogado en los ríos de la impunidad nacional. Como única prueba palpable del crimen queda la gota de sangre que se dispone a caer de su pico carroñero.


En medio de estas dos imágenes, aparece una similar a las de Río Abajo, su anterior obra, donde la artista ponía de manifiesto las prendas de desaparecidos sumergidas en agua. En este caso vemos las prendas de una víctima.Sin embargo según las otras dos imágenes, la del medio nos hace pensar una especie de consuelo, de esperanza., pues el agua no es turbia, tampoco es tumultuosa. El agua, cristalina aquí, nos hace pensar en una especie de sanación y de purificación de un hecho atroz lo que termina atenuando las dos imágenes. El agua quizá aquí alude al ausente, a quien se espera en ese discurrir del tiempo, en ese pasar de las aguas.



Estas imágenes expuestas de cara al Palacio de Justicia y a espaldas del Palacio de Gobierno, es un enfrentamiento a la ciega que sostiene la balanza. Dos ojos: el de la señora y el del chulo, miran como si fueran un solo rostro, esa masa imponente que se erige como guardianes a nuestra espalda, donde la Justicia de este país, intenta ejercerse. “La justicia, cojea pero llega” se oye con frecuencia. Pero qué imagen tan terrible esta de una justicia ciega y coja, parece decirnos A punta de sangre, en un cruce de miradas, en un diálogo imposible, donde nosotros espectadores nos ponemos en el medio del simbolo de la Justicia y de Simón Bolivar, mirando esas imágenes, pero al mismo tiempo viéndolnos mirar en el reflejo del cristal que cubre las fotos y en el reflejo de los ojos del chulo y la señora. A punta de sangre, una obra que no deja de proponer preguntas, estará expuesta un par de semanas más en la Plaza de Bolívar mientras las palomas, simbolo de la paz, esperan berrigonas e indeferentes, a que les sigan tirando maíz.

Ricardo Arcos-Palma, Bogotá 8 de mayo del 2008

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